Notificaciones

Notificaciones

No tengo ninguna notificación.
Notificaciones
Compartir artículo
philip-junior-mail-BpUkWK6hfJA-unsplash.jpg
7 minutos

La crisis climática se ha consolidado como uno de los mayores desafíos para la agricultura española, afectando de manera significativa a cultivos tan esenciales como los cereales, el olivar, la vid, los frutales o las hortalizas. Además de desequilibrar el medio ambiente y afectar directamente a las producciones, provoca un aumento de los costes y reduce los beneficios de los agricultores. Según datos aportados por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el pasado año fue “extremadamente cálido, al igual que 2022 y 2023”, hasta el punto de considerarse los más tórridos de la serie y tres de los diez con mayor temperatura media desde que existen registros fiables (1961). Y aunque en conjunto fue un año húmedo, en el sureste peninsular tuvo un carácter seco, al igual que en Canarias, donde 2024 fue el menos lluvioso de toda la serie histórica.

 

Pero lo peor está por venir. De cara al futuro, y según un estudio presentado en el XII Congreso de la Asociación Española de Climatología, se espera que en las próximas décadas la temperatura media ascienda entre 2 y 4 °C en todo el territorio español. También se teme que los eventos de precipitación sean más concentrados en el tiempo, incrementando la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos como olas de calor, sequías e inundaciones.

 

En este artículo vamos a analizar cómo los cultivos más estratégicos se están adaptando a este nuevo clima cambiante, tan imprevisible que está pulverizando el tradicional calendario estacional, gracias a la incorporación de nuevas tecnologías así como a la recuperación de viejos saberes y variedades locales adaptadas al territorio.

 

Una nueva normalidad altamente anormal

 

El ministro español de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, no ha dudado en calificar el cambio climático como una “amenaza real” para la producción de alimentos en el mundo, en particular en la zona mediterránea. En una reunión ministerial celebrada en Chipre el pasado año, Planas destacó que ante la escasez de agua y la subida de las temperaturas es necesario "adaptar las condiciones de trabajo de nuestros agricultores a esta situación climática, a la nueva situación del cambio climático".

 

Es sin duda un reto monumental para el sector agrícola español, uno de los motores de la economía, pero también uno de los más vulnerables a los fenómenos meteorológicos adversos. A corto plazo, esta “nueva normalidad” supone una grave amenaza para los cultivos que ya se está traduciendo en pérdidas millonarias. A largo plazo, los impactos del cambio climático, unido a la llegada de plagas, obligará a los agricultores y productores agrícolas españoles a adaptar sus cultivos y técnicas de labranza a las nuevas condiciones climáticas para seguir garantizando la calidad y rentabilidad de sus producciones.

 

Menor rendimiento de los cereales

 

Los cereales, fundamentales en la dieta y economía españolas, están experimentando un adelantamiento de las cosechas y una disminución en su rendimiento debido a las condiciones climáticas adversas. Al ser cultivos mayoritariamente de secano, la culpa se atribuye principalmente a las sequías prolongadas y olas de calor extremas que afectan al desarrollo óptimo de los cultivos. Estas pérdidas de rendimiento son muy significativas en cereales de invierno como el trigo, menores en el caso de la cebada, pero podrían llegar hasta casi el 20% en cultivos muy ligados a los cereales como el girasol. En la campaña de 2023, el clima adverso fue responsable de que en Castilla y León la cosecha se redujera a 3,24 millones de toneladas, lo que supone un descenso del 37 % respecto a la del año anterior.

 

Como alternativa, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) recomienda el uso de cultivos y variedades adaptados a los nuevos escenarios, además del desarrollo de prácticas climáticamente inteligentes para la reducción de riesgos, la conservación del suelo y la gestión eficiente del agua. También el desarrollo de técnicas basadas en antiguos conocimientos capaces de mejorar la resiliencia de los sistemas agrícolas como la agricultura de conservación, la agricultura regenerativa y la agroecología.

 

En este aspecto, la ciencia está aportando nuevas soluciones gracias al desarrollo de variedades de cereal con curvas de maduración extra-rápidas o mayor resistencia a la sequía y al estrés térmico. Según ensayos de la iniciativa Agricultores Contra el Cambio Climático, la semilla certificada de variedades mejoradas aporta un 12% más de productividad, un porcentaje que aumenta en condiciones climatológicas adversas.

 

¿Olivares de regadío?

 

El sector del olivar español, líder mundial en producción de aceite de oliva, se enfrenta a grandes desafíos climáticos. El aumento de las temperaturas y la reducción de las precipitaciones, pero sobre todo las olas de calor en el momento de la floración y la maduración de los frutos, han provocado una grave disminución de aceitunas. Según datos de la campaña 2021-2022, la producción de aceite de oliva en España se redujo de casi 1.5 millones de toneladas a 665.000 toneladas en la temporada siguiente, una caída superior al 50%.

 

Al ser un cultivo tradicionalmente de secano, la adaptación se está centrando en la reconversión de los olivares a cultivos de regadío más eficientes, especialmente a técnicas en intensivo y en superintensivo. Pero este cambio provoca un aumento en el consumo de los recursos hídricos en épocas de restricción. Y como advierten los expertos, es una reconversión que no permite la vuelta atrás; una vez que los árboles se acostumbran al riego no son capaces luego de regresar al antiguo modelo de secano. También se pierde el paisaje del olivar tradicional y sus peculiares sabores.

Frente a ello, los olivares tradicionales en secano, que son la mayoría, han reducido sus producciones, pero a cambio la calidad ha aumentado. Su futuro está en manos de los consumidores, que con su compra pueden seguir manteniendo este tipo de cultivos más sostenibles y adaptados a las nuevas condiciones climáticas.

Vinos demasiado alcohólicos

El calentamiento global está alterando el equilibrio natural de la viticultura en todo el mundo. El alza de las temperaturas ha adelantado en varias semanas el inicio de la vendimia, que junto con sequías y heladas tardías provocan bajas en el rendimiento. Pero también son responsables de una pérdida de calidad de los vinos, pues por su culpa están perdiendo acidez y frescura, tienen cada vez mayor graduación alcohólica y adquieren nuevos aromas que contrastan con los característicos de las diferentes regiones.

En los últimos 25 años los vinos españoles han pasado de tener 12 grados a una mayoría de 14 e incluso 15,5 de grado alcohólico, y todo debido al aumento en la concentración de azúcares de las uvas sobremaduradas por culpa de las altas temperaturas.

La tendencia al aumento de las temperaturas y la disminución de las precipitaciones ha tenido consecuencias notables en la viticultura española. Por ejemplo, en la Denominación de Origen Protegida (DOP) Jumilla, la producción de uva en 2024 se redujo en un 40% respecto a la media histórica, después de tres años consecutivos de extrema sequía, aunque la calidad de la uva fue muy buena.

En esa necesaria adaptación a los nuevos tiempos se imponen innovaciones técnicas como el riego por goteo. Pero igualmente se están recuperando muchas variedades autóctonas y locales de ciclo corto, más resistentes a la sequía y que maduran más rápido.

Inviernos cálidos, el enemigo de los frutales

Los frutales requieren condiciones climáticas específicas para un desarrollo óptimo, tanto en la época de floración y maduración como durante el invierno. En la actualidad se registra en toda España un adelanto significativo en la floración de muchas variedades de frutales que han alterado el ciclo fenológico natural.

Uno de los cambios que más preocupan a los productores es el aumento de las temperaturas medias. El frío invernal es un componente clave en el ciclo biológico de los frutales y asegura un rendimiento adecuado en primavera y verano. Muchas especies necesitan acumular un número determinado de horas de frío para completar su período de dormancia y poder desarrollar así una floración y fructificación adecuadas. Sin un período adecuado de bajas temperaturas, el árbol no "despierta" correctamente en primavera, complicando que las yemas florales broten al mismo tiempo. En consecuencia, se produce una floración desigual, hay una caída prematura de flores y los frutos pueden ser pequeños y deformados. Este fenómeno, conocido como “requerimiento de frío”, resulta esencial para asegurar una producción de calidad y cantidad en frutales como almendros, cerezos, melocotoneros, manzanos y perales. Por ejemplo, los cerezos suelen requerir entre 600 y 1.200 horas de frío y los almendros entre 200 y 500 horas.

La falta de frío plantea serios desafíos a los productores, que ya están adaptándose a las nuevas condiciones climáticas. Modificaciones que van desde cambiar variedades por otras con requerimientos de frío más bajos, hasta implementar técnicas tan novedosas como el uso de compensadores de frío capaces de estimular reacciones químicas en las yemas que no se logran de manera natural por la falta de bajas temperaturas.

Hortalizas extremadamente delicadas

Las hortalizas son especialmente sensibles a las condiciones climáticas extremas. Las olas de calor aumentan las exigencias de agua de estos cultivos en épocas de restricciones al riego, mientras que las heladas dañan gravemente los tejidos vegetales hasta poder igualmente acabar con ellos. Son desequilibrios que afectan tanto a la cantidad como a la calidad de los cultivos.

La reducción de las precipitaciones y el aumento de las temperaturas han disminuido la disponibilidad de agua en muchas regiones agrícolas. Esto afecta a cultivos como el tomate, la lechuga, el pimiento y el calabacín, que requieren un riego constante. Como consecuencia, hay una menor productividad, pérdida de calidad y aumento de los costes de producción. En la Región de Murcia y Almería, dos de las principales zonas hortícolas de Europa, la escasez de agua está obligando a los agricultores a reducir la superficie cultivada.

Por otro lado, el aumento de fenómenos meteorológicos extremos como olas de calor, tormentas intensas o heladas tardías provocan daños directos en los cultivos, afectando tanto a la productividad como al tamaño, el sabor y la textura de las hortalizas. Pero al mismo tiempo, el incremento de las temperaturas y los cambios en los patrones climáticos han favorecido la expansión de plagas como la mosca blanca y el trips, así como de enfermedades fúngicas, lo que obliga a usar más productos fitosanitarios, reduciendo la rentabilidad de los cultivos al mismo tiempo que afecta a la sostenibilidad ambiental.

Frente a ello, se están desarrollando sistemas de riego de precisión por goteo y fertirrigación que permiten reducciones en el consumo de agua de hasta un 30%. También se plantan variedades más resistentes al calor y con menor demanda de agua, y se está experimentando con cultivos alternativos que se adaptan mejor a las nuevas condiciones climáticas.

Tecnologías innovadoras como el desarrollo de la agricultura de posición y la digitalización, o la instalación de invernaderos tecnificados con control climático, permiten proteger los cultivos de eventos extremos y optimizar el uso de los recursos. El desarrollo de herramientas basadas en la inteligencia artificial, el GPS y el big data igualmente ayudan a predecir y gestionar riesgos, adecuando al milímetro las necesidades y requerimientos de los cultivos gracias a modernas tecnologías de monitoreo para medir la humedad del suelo y optimizar el riego planta por planta y en tiempo real.

Adaptación y medidas futuras

Frente a estos desafíos ambientales resulta crucial implementar estrategias de adaptación que permitan mitigar los efectos del cambio climático en la agricultura. De hecho, ya se está haciendo de forma cada vez más generalizada, pues, igual de generalizado y global es el problema. También resulta evidente que para garantizar la sostenibilidad y seguridad alimentaria en España, la colaboración entre instituciones, agricultores y científicos será esencial. El futuro será un compendio de alta tecnología y técnicas tradicionales.

Como resumen final, cuatro son los grandes retos a los que se enfrenta la agricultura para adaptarse a los desafíos del cambio climático:

  • Mejora de la eficiencia en el uso del agua: Implementar sistemas de riego sostenible más eficientes y técnicas de conservación de agua, incluyendo las no convencionales, para enfrentar la escasez hídrica.
  • Selección de variedades resistentes: Desarrollar y promover el uso de variedades de cultivos más resistentes a condiciones climáticas adversas.
  • Diversificación de cultivos: Introducir cultivos alternativos que se adapten mejor a las nuevas condiciones climáticas.
  • Prácticas agrícolas sostenibles: Fomentar técnicas como la agricultura de conservación y la agroecología para mejorar la resiliencia de los sistemas agrícolas.
12/03/25 8:51
Comparte en tus redes sociales
O comparte por email

AvanisCompartirEmail

WC - METADATOS

Cover Image

Actualidad

Ruta de navegación

El desafío del cambio climático en la agricultura española

Riesgos y soluciones para proteger los cultivos clave

HTML Example

A paragraph is a self-contained unit of a discourse in writing dealing with a particular point or idea. Paragraphs are usually an expected part of formal writing, used to organize longer prose.

Agricultura, Sostenibilidad y medio ambiente

WC - Comunidad - Autor - Fecha

Candela Gonzalez

12/03/2025

7 minutos
de lectura
philip-junior-mail-BpUkWK6hfJA-unsplash.jpg

La crisis climática se ha consolidado como uno de los mayores desafíos para la agricultura española, afectando de manera significativa a cultivos tan esenciales como los cereales, el olivar, la vid, los frutales o las hortalizas. Además de desequilibrar el medio ambiente y afectar directamente a las producciones, provoca un aumento de los costes y reduce los beneficios de los agricultores. Según datos aportados por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el pasado año fue “extremadamente cálido, al igual que 2022 y 2023”, hasta el punto de considerarse los más tórridos de la serie y tres de los diez con mayor temperatura media desde que existen registros fiables (1961). Y aunque en conjunto fue un año húmedo, en el sureste peninsular tuvo un carácter seco, al igual que en Canarias, donde 2024 fue el menos lluvioso de toda la serie histórica.

 

Pero lo peor está por venir. De cara al futuro, y según un estudio presentado en el XII Congreso de la Asociación Española de Climatología, se espera que en las próximas décadas la temperatura media ascienda entre 2 y 4 °C en todo el territorio español. También se teme que los eventos de precipitación sean más concentrados en el tiempo, incrementando la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos como olas de calor, sequías e inundaciones.

 

En este artículo vamos a analizar cómo los cultivos más estratégicos se están adaptando a este nuevo clima cambiante, tan imprevisible que está pulverizando el tradicional calendario estacional, gracias a la incorporación de nuevas tecnologías así como a la recuperación de viejos saberes y variedades locales adaptadas al territorio.

 

Una nueva normalidad altamente anormal

 

El ministro español de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, no ha dudado en calificar el cambio climático como una “amenaza real” para la producción de alimentos en el mundo, en particular en la zona mediterránea. En una reunión ministerial celebrada en Chipre el pasado año, Planas destacó que ante la escasez de agua y la subida de las temperaturas es necesario "adaptar las condiciones de trabajo de nuestros agricultores a esta situación climática, a la nueva situación del cambio climático".

 

Es sin duda un reto monumental para el sector agrícola español, uno de los motores de la economía, pero también uno de los más vulnerables a los fenómenos meteorológicos adversos. A corto plazo, esta “nueva normalidad” supone una grave amenaza para los cultivos que ya se está traduciendo en pérdidas millonarias. A largo plazo, los impactos del cambio climático, unido a la llegada de plagas, obligará a los agricultores y productores agrícolas españoles a adaptar sus cultivos y técnicas de labranza a las nuevas condiciones climáticas para seguir garantizando la calidad y rentabilidad de sus producciones.

 

Menor rendimiento de los cereales

 

Los cereales, fundamentales en la dieta y economía españolas, están experimentando un adelantamiento de las cosechas y una disminución en su rendimiento debido a las condiciones climáticas adversas. Al ser cultivos mayoritariamente de secano, la culpa se atribuye principalmente a las sequías prolongadas y olas de calor extremas que afectan al desarrollo óptimo de los cultivos. Estas pérdidas de rendimiento son muy significativas en cereales de invierno como el trigo, menores en el caso de la cebada, pero podrían llegar hasta casi el 20% en cultivos muy ligados a los cereales como el girasol. En la campaña de 2023, el clima adverso fue responsable de que en Castilla y León la cosecha se redujera a 3,24 millones de toneladas, lo que supone un descenso del 37 % respecto a la del año anterior.

 

Como alternativa, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) recomienda el uso de cultivos y variedades adaptados a los nuevos escenarios, además del desarrollo de prácticas climáticamente inteligentes para la reducción de riesgos, la conservación del suelo y la gestión eficiente del agua. También el desarrollo de técnicas basadas en antiguos conocimientos capaces de mejorar la resiliencia de los sistemas agrícolas como la agricultura de conservación, la agricultura regenerativa y la agroecología.

 

En este aspecto, la ciencia está aportando nuevas soluciones gracias al desarrollo de variedades de cereal con curvas de maduración extra-rápidas o mayor resistencia a la sequía y al estrés térmico. Según ensayos de la iniciativa Agricultores Contra el Cambio Climático, la semilla certificada de variedades mejoradas aporta un 12% más de productividad, un porcentaje que aumenta en condiciones climatológicas adversas.

 

¿Olivares de regadío?

 

El sector del olivar español, líder mundial en producción de aceite de oliva, se enfrenta a grandes desafíos climáticos. El aumento de las temperaturas y la reducción de las precipitaciones, pero sobre todo las olas de calor en el momento de la floración y la maduración de los frutos, han provocado una grave disminución de aceitunas. Según datos de la campaña 2021-2022, la producción de aceite de oliva en España se redujo de casi 1.5 millones de toneladas a 665.000 toneladas en la temporada siguiente, una caída superior al 50%.

 

Al ser un cultivo tradicionalmente de secano, la adaptación se está centrando en la reconversión de los olivares a cultivos de regadío más eficientes, especialmente a técnicas en intensivo y en superintensivo. Pero este cambio provoca un aumento en el consumo de los recursos hídricos en épocas de restricción. Y como advierten los expertos, es una reconversión que no permite la vuelta atrás; una vez que los árboles se acostumbran al riego no son capaces luego de regresar al antiguo modelo de secano. También se pierde el paisaje del olivar tradicional y sus peculiares sabores.

Frente a ello, los olivares tradicionales en secano, que son la mayoría, han reducido sus producciones, pero a cambio la calidad ha aumentado. Su futuro está en manos de los consumidores, que con su compra pueden seguir manteniendo este tipo de cultivos más sostenibles y adaptados a las nuevas condiciones climáticas.

Vinos demasiado alcohólicos

El calentamiento global está alterando el equilibrio natural de la viticultura en todo el mundo. El alza de las temperaturas ha adelantado en varias semanas el inicio de la vendimia, que junto con sequías y heladas tardías provocan bajas en el rendimiento. Pero también son responsables de una pérdida de calidad de los vinos, pues por su culpa están perdiendo acidez y frescura, tienen cada vez mayor graduación alcohólica y adquieren nuevos aromas que contrastan con los característicos de las diferentes regiones.

En los últimos 25 años los vinos españoles han pasado de tener 12 grados a una mayoría de 14 e incluso 15,5 de grado alcohólico, y todo debido al aumento en la concentración de azúcares de las uvas sobremaduradas por culpa de las altas temperaturas.

La tendencia al aumento de las temperaturas y la disminución de las precipitaciones ha tenido consecuencias notables en la viticultura española. Por ejemplo, en la Denominación de Origen Protegida (DOP) Jumilla, la producción de uva en 2024 se redujo en un 40% respecto a la media histórica, después de tres años consecutivos de extrema sequía, aunque la calidad de la uva fue muy buena.

En esa necesaria adaptación a los nuevos tiempos se imponen innovaciones técnicas como el riego por goteo. Pero igualmente se están recuperando muchas variedades autóctonas y locales de ciclo corto, más resistentes a la sequía y que maduran más rápido.

Inviernos cálidos, el enemigo de los frutales

Los frutales requieren condiciones climáticas específicas para un desarrollo óptimo, tanto en la época de floración y maduración como durante el invierno. En la actualidad se registra en toda España un adelanto significativo en la floración de muchas variedades de frutales que han alterado el ciclo fenológico natural.

Uno de los cambios que más preocupan a los productores es el aumento de las temperaturas medias. El frío invernal es un componente clave en el ciclo biológico de los frutales y asegura un rendimiento adecuado en primavera y verano. Muchas especies necesitan acumular un número determinado de horas de frío para completar su período de dormancia y poder desarrollar así una floración y fructificación adecuadas. Sin un período adecuado de bajas temperaturas, el árbol no "despierta" correctamente en primavera, complicando que las yemas florales broten al mismo tiempo. En consecuencia, se produce una floración desigual, hay una caída prematura de flores y los frutos pueden ser pequeños y deformados. Este fenómeno, conocido como “requerimiento de frío”, resulta esencial para asegurar una producción de calidad y cantidad en frutales como almendros, cerezos, melocotoneros, manzanos y perales. Por ejemplo, los cerezos suelen requerir entre 600 y 1.200 horas de frío y los almendros entre 200 y 500 horas.

La falta de frío plantea serios desafíos a los productores, que ya están adaptándose a las nuevas condiciones climáticas. Modificaciones que van desde cambiar variedades por otras con requerimientos de frío más bajos, hasta implementar técnicas tan novedosas como el uso de compensadores de frío capaces de estimular reacciones químicas en las yemas que no se logran de manera natural por la falta de bajas temperaturas.

Hortalizas extremadamente delicadas

Las hortalizas son especialmente sensibles a las condiciones climáticas extremas. Las olas de calor aumentan las exigencias de agua de estos cultivos en épocas de restricciones al riego, mientras que las heladas dañan gravemente los tejidos vegetales hasta poder igualmente acabar con ellos. Son desequilibrios que afectan tanto a la cantidad como a la calidad de los cultivos.

La reducción de las precipitaciones y el aumento de las temperaturas han disminuido la disponibilidad de agua en muchas regiones agrícolas. Esto afecta a cultivos como el tomate, la lechuga, el pimiento y el calabacín, que requieren un riego constante. Como consecuencia, hay una menor productividad, pérdida de calidad y aumento de los costes de producción. En la Región de Murcia y Almería, dos de las principales zonas hortícolas de Europa, la escasez de agua está obligando a los agricultores a reducir la superficie cultivada.

Por otro lado, el aumento de fenómenos meteorológicos extremos como olas de calor, tormentas intensas o heladas tardías provocan daños directos en los cultivos, afectando tanto a la productividad como al tamaño, el sabor y la textura de las hortalizas. Pero al mismo tiempo, el incremento de las temperaturas y los cambios en los patrones climáticos han favorecido la expansión de plagas como la mosca blanca y el trips, así como de enfermedades fúngicas, lo que obliga a usar más productos fitosanitarios, reduciendo la rentabilidad de los cultivos al mismo tiempo que afecta a la sostenibilidad ambiental.

Frente a ello, se están desarrollando sistemas de riego de precisión por goteo y fertirrigación que permiten reducciones en el consumo de agua de hasta un 30%. También se plantan variedades más resistentes al calor y con menor demanda de agua, y se está experimentando con cultivos alternativos que se adaptan mejor a las nuevas condiciones climáticas.

Tecnologías innovadoras como el desarrollo de la agricultura de posición y la digitalización, o la instalación de invernaderos tecnificados con control climático, permiten proteger los cultivos de eventos extremos y optimizar el uso de los recursos. El desarrollo de herramientas basadas en la inteligencia artificial, el GPS y el big data igualmente ayudan a predecir y gestionar riesgos, adecuando al milímetro las necesidades y requerimientos de los cultivos gracias a modernas tecnologías de monitoreo para medir la humedad del suelo y optimizar el riego planta por planta y en tiempo real.

Adaptación y medidas futuras

Frente a estos desafíos ambientales resulta crucial implementar estrategias de adaptación que permitan mitigar los efectos del cambio climático en la agricultura. De hecho, ya se está haciendo de forma cada vez más generalizada, pues, igual de generalizado y global es el problema. También resulta evidente que para garantizar la sostenibilidad y seguridad alimentaria en España, la colaboración entre instituciones, agricultores y científicos será esencial. El futuro será un compendio de alta tecnología y técnicas tradicionales.

Como resumen final, cuatro son los grandes retos a los que se enfrenta la agricultura para adaptarse a los desafíos del cambio climático:

  • Mejora de la eficiencia en el uso del agua: Implementar sistemas de riego sostenible más eficientes y técnicas de conservación de agua, incluyendo las no convencionales, para enfrentar la escasez hídrica.
  • Selección de variedades resistentes: Desarrollar y promover el uso de variedades de cultivos más resistentes a condiciones climáticas adversas.
  • Diversificación de cultivos: Introducir cultivos alternativos que se adapten mejor a las nuevas condiciones climáticas.
  • Prácticas agrícolas sostenibles: Fomentar técnicas como la agricultura de conservación y la agroecología para mejorar la resiliencia de los sistemas agrícolas.

WC - HILO DE ACTUALIDAD

AvanisEmbeddedComunidad

¿Quieres abrir un debate sobre esta noticia en la comunidad? ¡Coméntalo con otros profesionales!

Crea tu cuenta y participa